lunes, 1 de febrero de 2010

ROGGER, EXTRAVIADO EN UN LIMBO


Me veré forzado a aprender por segunda vez a reconocer los sonidos y a distinguirlos unos de otros, como cuando era pequeño y mamá me sentaba sobre sus rodillas y me aleccionaba acerca de la diferencia onomatopéyica entre el ladrido de un perro y el maullido de un gato. Tendré que volver a aprender cómo se consigue contener la respiración sin necesidad de cerrarme la nariz con los dedos; del mismo modo, deberé recordar cómo es posible no ver nada manteniendo los ojos abiertos de par en par. Tendré que volverme a grabar en lo profundo de la mente las más elementales y esenciales reglas del comportamiento y las nociones siempre vagas de una moralidad convenientemente maleable a las convicciones ajenas y a las necesidades propias.
¡Deberé aprender por segunda vez tantas cosas que de sólo pensar en todas ellas me sofoco! ¡Si tan sólo pudiera omitir esos inevitables momentos de humillación! ¡Si tan sólo pudiera retroceder en el tiempo y clavarme un puñal en el corazón cuando todavía estaba en condiciones de mover las articulaciones de mis codos y hombros!
Ya no soy el mismo. Todos dicen que ya no soy el mismo de antes. Incluso papá, que se pasaba la vida afirmando que yo nunca cambiaría, ahora dice que ya no soy el mismo. Sólo yo sé, tengo la certeza incrustada en algún rincón ignoto de mis túneles interiores, que por más que mi cerebro soporte nuevas oleadas de sangre muerta no dejaré nunca de ser el mismo, el mismo Rogger de siempre, el que salía junto con el alba a darle cinco vueltas a la manzana en pantalones cortos y camiseta sin mangas, acompañado por su fiel perro de pelaje estrambótico. Por cierto, ¿dónde estará Flufy en estos momentos? Es el único ser al que realmente quisiera acariciar. ¿Estará bien? ¿Se habrá asustado al ver cómo me desplomaba en medio de la acera?
Una embolia, dicen los médicos; un resquebrajamiento de mi alma, digo yo, que me conozco mejor de lo que podrá conocerme jamás la ciencia o sus representantes. Sólo yo puedo hacerme un diagnóstico certero y, en efecto, concuerdo con todos los médicos que me han revisado hasta la fecha: mi cuerpo no volverá a reaccionar, ni siquiera si lo prendieran en llamas volvería a experimentar el isntinto de moverse, nunca más me podré levantar de esta fría y desértica cama de hospital.
Estoy atrapado, mi cuerpo lo está. Vivo rodeado de enfermos claudicantes, enfermeras desganadas, jeringas, gasas, inyecciones, frascos de alcohol, médicos indiferentes y camillas que circulan lentamente entre los atestados corredores. Yo pienso en camellos que avanzan pausadamente entre las incandescentes dunas del Sahara; la sensación de calor es muy real, no sé de dónde proviene porque ya es un hecho que mi cuerpo es insensible a toda variación de la temperatura, estoy muerto en vida y nada lo remediará. Sólo mi mente le es esquiva al brutal deterioro de la enfermedad, y esa es la razón por la cual mi voz interna se destaca intensa y marcada entre las muchas voces impertinentes que se asoman siempre que hay mucha gente en derredor de mi cama. Suelen revisarme como a un fenómeno de circo, creyendo que no me doy cuenta, pero se equivocan, veo sus rostros, el rostro cínico del médico y los rostros de expresión curiosa de los alumnos del curso de neurología; si les sirvo de algo, adelante, quisiera decirles, pero jamás me entenderían, mi voz es un leve resplandor ausente en el estrépito del mundo exterior. Sólo ahora que estoy sumido en el silencio me doy cuenta: toda la vulgaridad del mundo real se expresa mejor a través de sus sonidos, de sus ruidos molestos, de las voces chillonas de las personas ordinarias que nunca faltan en todos los rincones del planeta.
Me gustaría perderme para siempre en los laberintos del ensueño místico del coma, pero todavía guardo el mínimo de consciencia que me permite caer en la cuenta de que hay una sábana y un cobertor cubriendo mis piernas, de que tengo la espalda reclinada sobre un cojín y de que a mi cuello lo sostiene un molde de yeso. Sé que estoy despierto y que es de noche, una noche profunda cuajada de estrellas, lo sé porque mamá olvidó cerrar las cortinas del ventanal; a través del vidrio veo crestas de sombríos edificios, luces artificiales que enceguecen, resplandores difusos que se pierden entre nubes grises. ¿Serán estrellas fugaces? Quizá se traten de flechas con sus puntas en llamas que los troyanos no cesan de lanzar contra los aqueos desde las almenas del castillo del rey Príamo. No estoy seguro pero podría ser, aquí todo puede ser porque nada es capaz de desbordar mis límites.
…un camino estrecho y cubierto de abrojos, un riachuelo que bordea un floreciente sendero, una sombra que se desliza cautelosa contra un muro en las afueras de Constantinopla, un gimnasio griego donde dos futuros soldados de la Cohorte de Tebas experimentan la íntima cercanía de la desnudez más absoluta, una fuente de agua fresca perdida en mitad de un desierto insoportable en Egipto, una mujer descalza que bambolea un cántaro sobre su cabeza, un grupo de indios de las Américas que presencian el primer atisbo de los navíos españoles en el horizonte cristalino del Caribe, un lunar de desagradable tonalidad perdido entre los pliegues y repliegues del cuerpo femenino más espectacular, las caderas más opulentas contoneándose al son de guitarras flamencas en una posada de Granada, un niño cobrizo rezando dentro de una ornamentada mezquita en algún lugar de Marraquech, dos hombres discutiendo en la soledad de un cuarto en penumbras, una montaña contorneada por filas interminables de fieles dirigiéndose al lugar distinguido por una tétrica cruz de metal forjado, una mujer expuesta al frío de una nevada en Sarajevo, un camino inconcluso de esteras suspendido sobre un río de hirviente sangre, dos manos de colores distintos cogiendo el martillo y la hoz, un hombre y una mujer besándose a los pies de un acantilado…
Aquí todo podría suceder, nadie se enterará.

1 comentario:

Alejandro Castroguer dijo...

Los tres relatos me gustaron. Ya te los comentaré en cuanto pueda. Ahora me quita bastante tiempo esa historia de zombies.

En cuanto a tu pseudónimo, ¿Barico? Sabrás que existe un escritor muy famoso llamado Alessandro Baricco, ¿no?, te lo digo por si no lo sabías.

Un saludo, Giancarlo.