jueves, 11 de marzo de 2010

CON EL HIJO FUERA DE CASA


Las primeras señales de la locura aparecieron hace dos noches, en la estación. Habíamos ido a despedir a nuestro hijo que se iba a la capital para estudiar Medicina Humana. El chico lloraba emocionado, abrazado a mi pecho como cuando todavía era un niño de pocos meses. Él, su padre, también mi marido, estaba pálido y sudaba frío; su rostro, siempre tan expresivo, lucía marmóreo, impenetrable, igualito al rostro del arzobispo Quijada, el hombre más odiado del pueblo. En cierto momento, ya cuando se lograba ver y escuchar desde lejos a la estridente locomotora del tren, me vi tentada de cogerlo por los hombros y recriminarle su insensibilidad en momentos tan especiales como éstos, pero me contuve en favor de nuestro hijo: no quería arruinarle sus últimos minutos en la tierra que lo vio nacer, crecer y florecer.
Como quien no quiere la cosa, le propiné un codazo a Humberto, obligándolo a reaccionar. Y él, como despertando de un mal sueño, se sacudió la cabeza y se pasó un pañuelo para despejar su frente del sudor. Me quedé callada, a la expectativa de lo que podría suceder. Él, Humberto, empezó a hablar, expresándose en términos que yo nunca antes le había escuchado, manifestando una carencia absoluta de inteligencia que me sorprendió muchísimo. Si me despojo de hipocresías y resentimientos, es decir, si me propongo alinearme en una postura del todo imparcial, puedo decir tranquilamente que Humberto nunca ha sido un genio en bruto, pero tampoco ha sido nunca un tonto de capirote; durante toda su vida ha sabido sobrellevar su mediocridad intelectual con su envidiable talento para relacionarse con todo tipo de personas. Que yo recuerde, jamás le he visto coger un libro, ni siquiera la Biblia (a pesar de que proviene de una familia de fanáticos evangélicos); en cambio, no ha pasado un solo día de su larga vida sin hacerle la conversación al primer extraño que tenga la desafortunada suerte de cruzarse con él en la calle. Y como no cuenta con temas interesantes de conversación, producto de su desidia intelectual, se los inventa echando mano de su infatigable imaginación de borracho impenitente.
- Los voy a extrañar –musitó por último nuestro hijo, ya cuando el tren se había detenido en la estación para que los pasajeros que habían estado esperando su turno de viaje en el andén pudieran por fin subir y empezar la travesía.
Le besé la frente por última vez y me despedí de él con un gemido atravesado en la garganta de lado a lado. Soy en exceso propensa a los sentimentalismos, lo admito, y ver llorar a mi hijo aguza mi sensibilidad hasta límites insospechados. Humberto, en cambio, no movió una pestaña y se despidió de su hijo con un tímido apretón de manos, gesto típico del macho, un horror. El chico salió de nuestras vidas, quizá para siempre. Y mientras yo me desgañitaba llorando como lloran las madres en los melodramas de la televisión, mientras veía cómo el tren se alejaba hasta perderse en aquellos horizontes que, según dicen, son muy grandes y variados, él se dedicaba a hacer muecas y a emitir extraños sonidos guturales.
- ¿Te has atorado con algo? –le pregunté, preocupada, pero él no respondió, y tras rascarse la lengua con un palito de limpiarse los dientes me dijo que ya era hora de volver a casa porque nos estaba esperando el perro: no le habíamos dado de comer todavía y de seguro sus tripas estaban rugiendo.
Nos aproximamos despacio a nuestra camioneta, aparcada junto a los rieles del tren. Yo me subí en ella a horcajadas, porque soy bajita y me cuesta mucho hacer esfuerzo flexionando las rodillas; él, en cambio, es grandote y de piernas monstruosamente largas, así que puede introducirse en la camioneta con suma facilidad. Una vez dentro, yo proseguí con el ritual obligatorio de toda madre pueblerina que ve cómo sus hijos se van a la capital en busca de mejores oportunidades.
Humberto sacó no sé de dónde otro palito de limpiarse los dientes y se lo llevó a la boca para presionarlo entre sus mandíbulas de animal carnívoro. Mientras manejaba, ambas manos sobre el volante, sonreía de medio lado, con disimulo, y canturreaba en tono de golondrina una antigua balada ayacuchana sobre los errores de Dios al concebir la forma tanto externa como interna del ser humano. Reconozco que mi dominio del quechua ha disminuido con los años y por la falta de uso; de lo contrario, si hubiese entendido en esos momentos cuáles eran las palabras exactas que salían de boca de Humberto, de seguro -conociéndome- habría arremetido contra él con toda suerte de improperios.
Nuestra casa, pequeña y cómoda como una caja de zapatos, provista de todos los muebles y enseres indispensables para subsistir civilizadamente, está a quince minutos en vehículo desde la estación, de modo que no demoramos mucho en llegar. Tenemos una frondosa huerta que nos provee de todas las frutas, verduras y tubérculos que necesitamos para balancear la dieta. Salió a recibirnos el perro con su ladrido ensordecedor. Humberto extrajo de su morral un pedazo de carne que había comprado de camino a la estación y se lo aventó a Campeón. Yo me llevé el pañuelo a la boca, conteniéndome el río de lágrimas que todavía me quedaban en los ojos, y rápidamente me cobijé bajo la tibieza de mi casa siempre limpia y cómoda.
Humberto se quedó afuera un rato más viendo cómo el perro roía sin piedad aquel trozo de cordero. Luego entró a la casa y cerró la puerta tras de sí, sin esperar que Campeón entrara también, lo cual no dejó de sorprenderme porque Humberto adora a su mascota y jamás lo dejaría a merced de los lobos y coyotes que suelen deambular en los alrededores. Sin saber a dónde ir para eludir la presencia de aquella bestia, me metí en mi cocina y me perdí entre mis ollas de barro, una más grande y redonda que la otra, mi estufa, mi batán, mis cucharones de palo y mis costales de harina, quinua y cebada. Creía que allí jamás Humberto se atrevería a buscarme. ¡Gran error! Los débiles goznes de la puerta no tardaron mucho en ceder ante la fuerza de los golpes del exterior. Entonces Humberto, convertido como por arte de magia en un ídolo viril, con el pecho peludo al desnudo y sus brazos de galeote reluciendo por el sudor, se materializó sobre el umbral de la puerta, llenándome de pánico.
- Ven –me dijo-. Eres mi mujer y tienes que hacer todo lo que yo te ordene.
- ¡No! –repliqué a gritos-. ¿No ves que me siento triste? Eres un bruto. ¡No te importa que tu hijo ya no esté!
- Sí que me importa, y mucho, aunque tú no lo creas –dijo Humberto con una sonrisa maliciosa camuflada entre sus labios resecos.
Sus sólidas y espaciadas zancadas sobre la duela se dirigían hacia mí. Me sequé hasta la última de mis lágrimas y me dispuse a recibirlo, sin decir palabra, sin emitir el más leve gemido, completamente resignada al tremendo placer que me aguardaba. Humberto me besó y me abrazó, alzándome varios centímetros por encima del suelo. Entonces se desató todavía más la locura, tanto en él como en mí.

lunes, 1 de febrero de 2010

ROGGER, EXTRAVIADO EN UN LIMBO


Me veré forzado a aprender por segunda vez a reconocer los sonidos y a distinguirlos unos de otros, como cuando era pequeño y mamá me sentaba sobre sus rodillas y me aleccionaba acerca de la diferencia onomatopéyica entre el ladrido de un perro y el maullido de un gato. Tendré que volver a aprender cómo se consigue contener la respiración sin necesidad de cerrarme la nariz con los dedos; del mismo modo, deberé recordar cómo es posible no ver nada manteniendo los ojos abiertos de par en par. Tendré que volverme a grabar en lo profundo de la mente las más elementales y esenciales reglas del comportamiento y las nociones siempre vagas de una moralidad convenientemente maleable a las convicciones ajenas y a las necesidades propias.
¡Deberé aprender por segunda vez tantas cosas que de sólo pensar en todas ellas me sofoco! ¡Si tan sólo pudiera omitir esos inevitables momentos de humillación! ¡Si tan sólo pudiera retroceder en el tiempo y clavarme un puñal en el corazón cuando todavía estaba en condiciones de mover las articulaciones de mis codos y hombros!
Ya no soy el mismo. Todos dicen que ya no soy el mismo de antes. Incluso papá, que se pasaba la vida afirmando que yo nunca cambiaría, ahora dice que ya no soy el mismo. Sólo yo sé, tengo la certeza incrustada en algún rincón ignoto de mis túneles interiores, que por más que mi cerebro soporte nuevas oleadas de sangre muerta no dejaré nunca de ser el mismo, el mismo Rogger de siempre, el que salía junto con el alba a darle cinco vueltas a la manzana en pantalones cortos y camiseta sin mangas, acompañado por su fiel perro de pelaje estrambótico. Por cierto, ¿dónde estará Flufy en estos momentos? Es el único ser al que realmente quisiera acariciar. ¿Estará bien? ¿Se habrá asustado al ver cómo me desplomaba en medio de la acera?
Una embolia, dicen los médicos; un resquebrajamiento de mi alma, digo yo, que me conozco mejor de lo que podrá conocerme jamás la ciencia o sus representantes. Sólo yo puedo hacerme un diagnóstico certero y, en efecto, concuerdo con todos los médicos que me han revisado hasta la fecha: mi cuerpo no volverá a reaccionar, ni siquiera si lo prendieran en llamas volvería a experimentar el isntinto de moverse, nunca más me podré levantar de esta fría y desértica cama de hospital.
Estoy atrapado, mi cuerpo lo está. Vivo rodeado de enfermos claudicantes, enfermeras desganadas, jeringas, gasas, inyecciones, frascos de alcohol, médicos indiferentes y camillas que circulan lentamente entre los atestados corredores. Yo pienso en camellos que avanzan pausadamente entre las incandescentes dunas del Sahara; la sensación de calor es muy real, no sé de dónde proviene porque ya es un hecho que mi cuerpo es insensible a toda variación de la temperatura, estoy muerto en vida y nada lo remediará. Sólo mi mente le es esquiva al brutal deterioro de la enfermedad, y esa es la razón por la cual mi voz interna se destaca intensa y marcada entre las muchas voces impertinentes que se asoman siempre que hay mucha gente en derredor de mi cama. Suelen revisarme como a un fenómeno de circo, creyendo que no me doy cuenta, pero se equivocan, veo sus rostros, el rostro cínico del médico y los rostros de expresión curiosa de los alumnos del curso de neurología; si les sirvo de algo, adelante, quisiera decirles, pero jamás me entenderían, mi voz es un leve resplandor ausente en el estrépito del mundo exterior. Sólo ahora que estoy sumido en el silencio me doy cuenta: toda la vulgaridad del mundo real se expresa mejor a través de sus sonidos, de sus ruidos molestos, de las voces chillonas de las personas ordinarias que nunca faltan en todos los rincones del planeta.
Me gustaría perderme para siempre en los laberintos del ensueño místico del coma, pero todavía guardo el mínimo de consciencia que me permite caer en la cuenta de que hay una sábana y un cobertor cubriendo mis piernas, de que tengo la espalda reclinada sobre un cojín y de que a mi cuello lo sostiene un molde de yeso. Sé que estoy despierto y que es de noche, una noche profunda cuajada de estrellas, lo sé porque mamá olvidó cerrar las cortinas del ventanal; a través del vidrio veo crestas de sombríos edificios, luces artificiales que enceguecen, resplandores difusos que se pierden entre nubes grises. ¿Serán estrellas fugaces? Quizá se traten de flechas con sus puntas en llamas que los troyanos no cesan de lanzar contra los aqueos desde las almenas del castillo del rey Príamo. No estoy seguro pero podría ser, aquí todo puede ser porque nada es capaz de desbordar mis límites.
…un camino estrecho y cubierto de abrojos, un riachuelo que bordea un floreciente sendero, una sombra que se desliza cautelosa contra un muro en las afueras de Constantinopla, un gimnasio griego donde dos futuros soldados de la Cohorte de Tebas experimentan la íntima cercanía de la desnudez más absoluta, una fuente de agua fresca perdida en mitad de un desierto insoportable en Egipto, una mujer descalza que bambolea un cántaro sobre su cabeza, un grupo de indios de las Américas que presencian el primer atisbo de los navíos españoles en el horizonte cristalino del Caribe, un lunar de desagradable tonalidad perdido entre los pliegues y repliegues del cuerpo femenino más espectacular, las caderas más opulentas contoneándose al son de guitarras flamencas en una posada de Granada, un niño cobrizo rezando dentro de una ornamentada mezquita en algún lugar de Marraquech, dos hombres discutiendo en la soledad de un cuarto en penumbras, una montaña contorneada por filas interminables de fieles dirigiéndose al lugar distinguido por una tétrica cruz de metal forjado, una mujer expuesta al frío de una nevada en Sarajevo, un camino inconcluso de esteras suspendido sobre un río de hirviente sangre, dos manos de colores distintos cogiendo el martillo y la hoz, un hombre y una mujer besándose a los pies de un acantilado…
Aquí todo podría suceder, nadie se enterará.